El Hombre Superior

Por: Denis Castro Bobadilla

Doctor, abogado y médico forense
II Vicepresidente del Congreso Nacional

 

¡Qué arrogante es el ser humano! ¡Cuánta soberbia anida en su corazón! Y está demostrado que es el ser más débil sobre la faz de la tierra. Un virus infinitamente pequeño que linda, lo ha puesto de rodillas, y le enseña a valorar la salud y la vida. Esta lección que nos está gritando el coronavirus es, quizás, la más dura de las últimas generaciones. Y se resume en esto: hombre débil, valora tu vida y la de los demás porque eres como la hierba que es cortada y se echa al fuego. Vuelve a la solidaridad, practica la hermandad y cuida el mundo que Dios te dio.

Miles de muertos y cientos de miles de infectados, pánico, un futuro siniestro y, de nuevo, nuestra debilidad ante un enemigo implacable. Y caminamos hacia el peor escenario.

Por todo esto, volvamos a Dios, al que han desplazado el materialismo, las pasiones y el yoísmo.

Ya la naturaleza nos demuestra que no somos imprescindibles y que el mundo sería mejor sin nosotros. Pero estamos aquí porque Dios así lo quiso, y tenemos la oportunidad de ser mejores.

La peste del coronavirus pasará, como han pasado muchas pestes más, pero la huella macabra que está dejando en la humanidad no se borrará jamás.

Si este mal que nos agobia es creación del hombre, mutación natural o castigo divino, no lo sabemos, ni interesa saberlo. Lo importante es que nos unamos para vencerlo, a pesar de las vidas que se ha llevado ya, y de las que se llevará.

Nosotros podemos hacer la diferencia. Los médicos, enfermeras y todo el personal de salud del mundo luchan por salvar vidas, pero el aislamiento puede detener el contagio masivo. Se trata de salvar la vida. Se trata de evitar la muerte. Hoy está comprobado que ni todo el dinero nos protege contra este mal. Ni el apellido de abolengo, ni el cargo político, ni la más alta profesión.

Hoy nos damos cuenta que el rico y el pobre son iguales, que la raza y la posición social son ilusiones vanas ante el nuevo coronavirus, y que solo la unidad, la solidaridad y el aislamiento pueden salvar al mundo.

Es cierto que miles se curan, y gracias a Dios por eso. Pero lo que queremos evitar son más muertes. El virus mata, y el soberbio ser humano es tan vulnerable.

Ojalá que aprendamos que la arrogancia y que la pretendida grandeza del hombre es humo pasajero, que vale más la humildad, y que debemos volver a Dios.

No tenemos a dónde escapar. El virus nos acecha en todas partes, mudo, silencioso y sin clemencia. No escoge a sus víctimas. Para él, todos somos víctimas propicias, pero podemos vencerlo. Y lo vamos a vencer.

Pero, para empezar a ganar esta guerra, empecemos por quedarnos en casa, cuidarnos y no exponernos. Y, roguemos a Dios que nos ayude, porque separados de él nada podemos hacer.

Por ahora, dejemos a un lado la arrogancia. Somos débiles, vulnerables y mortales, y con el coronavirus no se juega. De nosotros depende vencerlo, con la ayuda de Dios.

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