La Biblia y la Pandemia

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Por Carlos E. Reina F.

Shema Yisrael
San Juan 1:1
“En el principio era el Verbo,
y el Verbo era con Dios,
y el Verbo era Dios”.

La Biblia y la pandemia. San Juan el más joven de los 12 apóstoles, alcanzó a vivir, para los estándares de aquella época, la edad de 90 años. Durante su longeva vida sufrió la tortura, la humillación y la prisión de los romanos.

De todos los apóstoles, cruelmente asesinados, fue el único que murió de causas naturales.

Se conoce que Jesús, mientras agonizaba en la cruz, le pidió a Juan que cuidara de su madre. Durante su divina misión evangelizadora lo acompañó como uno de sus fieles seguidores, lo que le permitió ser testigo presencial de los escritos que se encuentran en el Nuevo Testamento. Suyo es el último libro de la Biblia, Apocalipsis.

El Nuevo Testamento consta de 27 libros. Los primeros cuatro se les conoce como los evangelios. Recibieron esa clasificación por ser la evidencia divina de la existencia del Mesías. Los primeros 3 evangelios son los sinópticos cuyo contenido guarda mayor armonía entre uno y otro. El cuarto, el Evangelio según San Juan, es el que más se distingue de los cuatro. Data más de los eventos espirituales que de los históricos.

Consta de dos tiempos, el primero cuando no ha llegado la hora y Jesucristo se revela en símbolos y gestos y el segundo, la glorificación, ya en la etapa final. Comienza señalando el principio del comienzo con Dios. “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Y la confirmación de San Juan el Bautista, de Jesús como el Cordero de Dios.

Continúa San Juan en su primera epístola; en el cuarto capítulo, precisamente en el octavo versículo. Dice: “El que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor”. San Juan responde la pregunta que los mortales siempre han hecho y que continuará haciendo, cuestionando cualquier respuesta. Ya que la contestación es abstracta. La definición de Dios.

Para mejor entender el significado de la palabra, el lector debe continuar leyendo el tomo y los otros libros del texto sagrado.

El apóstol de los gentiles, San Pablo de Tarso, elabora en sus epístolas sobre el significado del amor: “El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es soberbio, no se envanece”. (1 Corintios 13:4).

Este versículo nos dice que Dios es paciente. Que el Dios de Abraham, Moisés e Israel, no es soberbio. Yahweh, el padre de Jesucristo, nunca nos abandonará. Que Jehová, como los romanos traducen Yahweh, siempre nos comprenderá. Dándonos a conocer que cuando nosotros, los mortales, sentimos amor, nos doma la paciencia y se nos regocija el alma.

Este versículo detallando el significado del amor, se encuentra en una de varias epístolas escritas por el Apóstol de los gentiles. Su nombre original era Saulo. Nació en Tarso, Turquía, pero fue criado como un fariseo en Jerusalén. Ayudaba al imperio romano a imponer orden entre los judíos.

Perseguía a los cristianos que se atrevían a confesar que sí creían en el Cristo. Un día, cuando cumplía sus deberes en la ciudad de Damasco, una luz con la voz del Mesías le impactó en medio de la calle. El libro de Hechos nos relata que todos sus acompañantes al ver la luz, quedaron paralizados y mudos. Al apagarse la luz, Saulo se evangelizó. Con la transformación, como era común en esos días, se cambió el nombre de Saulo a Pablo.

Con amor en su corazón, continuó su vida propagando el evangelio. La evidencia de esta anunciación se encuentra en sus epístolas. Donde da a conocer a los gentiles sobre Jesucristo. Y siempre que se menciona a Jesús, se habla de Dios. Y como San Juan nos dice que Dios es amor, San Pablo nos invita: “¡Hagan todo con amor!”, (1 Corintios 16:14). Evocando de que si sentimos amor, alcanzamos a Dios.

La palpitación del corazón, que unos llaman amor, se encuentra en nuestro ser. Como un sentimiento, que aunque no siempre se exprese o se reciba, siempre lo podemos encontrar. Y esto nos lo explica San Lucas en su evangelio. “Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”. (San Lucas 11:10).

San Lucas de todos los autores cuyos escritos recopila el segundo testamento, es el único que no fue un apóstol. Nació en Antioquía, Turquía. Se educó para ser médico y tenía un gran conocimiento del griego. Era el médico personal de San Pablo. Lo acompañaba en todos los viajes que hacía. Como no era considerado judío, por lo tanto tenía más derecho para circular dentro los confines del Imperio Romano.

Tuvo conocimiento del cristianismo por San Pablo. San Lucas, como todos muchos otros, tenía sus dudas. Probablemente al escuchar todas las historias, creía que estas creencias eran una farsa. Junto al Apóstol de los Gentiles, visitó Jerusalén. En la tierra prometida conoció a los discípulos más cercanos de Jesús. En Jerusalén, su encuentro más impactante fue conocer a María, la madre del Hijo de Dios. Las neuronas de su cerebro se excitaron. Conociendo los alrededores de Judea, completando entrevistas y examinaciones, un relámpago le golpeó. Jesucristo lo conquistó y la fe se apoderó de él.

La transformación de San Lucas, nos impresionó. Invadió nuestra curiosidad y queríamos entender el fondo de ese misterio, por ende leímos la Biblia. Pero no comenzamos con el primer libro, Génesis, sino que comenzamos leyendo Romanos de San Pablo. Nuestra lógica para comenzar por este libro, influido por factores de origen. Como no somos judíos no priorizamos en el contenido de la ley Hebrea. Ya que la epístola elude a los gentiles – ateos, paganos y transgresores- la intuimos como el punto preciso para satisfacer la curiosidad.

Un versículo nos impactó al no más iniciar la lectura. Abriéndonos la mente y el corazón. Una especie de evolución de incrédulos a cristianos. Y de paso nos hizo entender la conversión de San Lucas. El versículo dice: “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe”. “Como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá”. (Romanos 1:17).

¡La fe! ¿Cómo se define? Acomodar un sentimiento a las palabras. La Biblia nos dice que “la fe es eterna, que es inmortal”. ¿Entonces qué es?

“La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. (Hebreos 11:1).

La fe es ver hacia el futuro. Creer que sí va ver un mañana. Triunfar y regocijarse. La certidumbre de tener una segunda oportunidad. Confiar en el amor.

Para conjuntarlo a otro sentimiento. La fe se encuentra con amor. El amor ve hacia el futuro, tiene esperanzas en lo por venir. Leyendo la Biblia aprendemos que Dios es amor. “Qué, pues, diremos a esto: Si Dios es con nosotros. ¿Quién contra nosotros?”. (Romanos 8:31).

Reflexiones para agrandar el sentimiento de solidaridad, propicios en esta etapa delconfinamiento, de tribulación y de zozobra, por los graves efectos en pueblos y naciones de esta terrible pandemia.

La tribunahn

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