“La vida de la población negra importa”

Por César Carhuachín

Una reflexión pastoral sobre el asesinato de George Floyd desde una perspectiva latina

El trágico asesinato del George Floyd el 25 de mayo de 2020 en manos de algunos policías de la ciudad de Minneapolis (MN) es un hecho social que merece una reflexión teológico pastoral, porque nuestro trabajo se realiza con una mano en la sociedad y otra en la Biblia.

Primero, el asesinato de George Floyd, un hombre afro-americano de 46 años en manos del policía Derek Chauvin y la implicación de otros tres policías, Thomas Lane, J. Alexander Kueng y Tou Thao, es otro hecho más de abuso de autoridad en el uso excesivo de fuerza por la policía en los EUA en contra de la población afroamericana. La ética social cristiana nos motiva a asegurar el cumplimiento correcto del trabajo de los policías y oficiales del orden en la ciudad y el Estado. La autoridad les es conferida a los oficiales por la institución del orden público, que son pagados con nuestros impuestos. Ellos no deben abusar de su autoridad, sino ejercerla para mantener el orden público y proteger al pueblo. Cuando hay abusos hay que denunciarlos ante la institución. Fe cristiana no significa pasividad ni complicidad, sino ser pro-activos y solidarios en este tiempo y afirmar que la vida de la población negra importa.

Segundo, el asesinato de George Floyd provocada por el uso excesivo de la fuerza por la policía es un hecho más de racismo en contra de la población afroamericana en los EUA. Es importante reconocer que en los EUA existe un racismo histórico, sistémico y estructural, el cuál es la forma más concreta de pecado. El racismo, como trato discriminatorio sistemático directamente vinculado a la explotación económica para el enriquecimiento de los anglosajones, es el pecado original de los EUA. Esta práctica comenzó contra las naciones indígenas y continuó contra individuos y familias desarraigados brutalmente de sus casas en África. Por más leyes, políticas y programa de educación en los EUA en contra del racismo, los cierto es que éste no ha sido desarraigado de la población, ni de las familias, ni de las iglesias, ni de las escuelas, ni de los policías, ni de los políticos. Porque la vida de la población negra importa es necesario protestar y hacer una crítica positiva a la sociedad de los EUA que erradique el racismo.

Tercero, el asesinato de George Floyd en el que están implicados cuatro oficiales de la ley, como expresión de racismo en los EUA debe hacernos reflexionar sobre el racismo que también existe en la comunidad latina. Si bien los grupos indígenas, afro-latinoamericanos, mestizos, asiáticos y otros en América Latina están mejorando en sus relaciones, tenemos que reconocer que en nuestros países se discrimina al indígena y al negro, política y económicamente. El pecado del racismo no es propio de los EUA, sino que está presente en todas las naciones, por eso el racismo es un pecado en contra de la humanidad.

Cuarto, los actos de protestas en varias ciudades en los EUA no son ilegítimas, sino que están protegidas por la Constitución de los EUA. Pero, no hay que confundir la legitimidad de las protestas y reuniones pacíficas con la ilegitimidad de los actos de vandalismo. Se entiende el enojo y la frustración por el abuso de autoridad y el racismo, pero, desde la ética cristiana, no debe justificarse la destrucción de bienes públicos y privados por esa causa. Por otro lado, tampoco hay que confundir vandalismo con terrorismo. El terrorismo es cometido por grupos civiles armados que atentan contra bienes del Estado con el propósito de provocar miedo, confusión y desestabilizar al Estado. Las protestas deben expresar su reclamo con firmeza y respeto para todos, porque esto determinará el carácter del movimiento.

Quinto, las Iglesias y los pastores/as tienen el mandato cristiano de predicar y trabajar para erradicar las raíces del racismo y el abuso de la autoridad. La Biblia enseña la dignidad de cada persona, porque todos hemos sido creados a imagen de Dios, que Dios ama a todos por igual y que frente al pecado de racismo y otros pecados, la reconciliación entre Dios y una persona es básico, así como también la reconciliación entre una persona y otra. Estamos llamados a: a) erradicar palabras racistas de nuestro lenguaje; b) realizar actividades eclesiales con carácter multirracial de modo intencional; c) educar en las casas e iglesias sobre el respeto y aprecio por los afroamericanos; y, d) valorar la contribución de los afroamericanos al progreso de la nación.

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