Muchas gracias, Señor

“Amado Jesús, ten piedad de mí: que los silbidos no me asusten, los aplausos no me inflen. Cuando el mundo se duerma, acuda yo a tu puerta para pedir consuelo. Quiero ponerme junto al camino para cantar a las violetas el himno de la humildad. Sobre las cenizas del orgullo quiero levantar la estatua de la libertad. No permitas que las exigencias del “Yo” me esclavicen con pesadas cadenas y me roben la alegría y paz. Jesús mío, busco el descanso en tu corazón manso y humilde.

Déjame caminar por tu reino, con los remos al hombro, para navegar finalmente por el ancho mar de la humildad hacia la lejana playa donde encontraré ipor fin!, el descanso, dice el P. I. Larrañaga. Nunca coloqué mis manos sobre el timón de mi nave. La dejé a la deriva, a merced de las olas, diciendo a mi Dueño: voy a soltar mis remos, y, a donde quieras, cuando quieras, illévame!

Yo no he sido un sujeto activo, yo no he hecho nada. Alguien abría las puertas y yo, simplemente, entraba. Por esta evidencia que siempre me ha asistido, las dificultades no me abatieron, los elogios no me conmovieron y los éxitos no me embriagaron. Y el resultado fue una gran paz.

La paz se extiende de horizonte a horizonte como un arcoíris. Mientras tanto gozaremos juntos, amado, a través de todas las estaciones hasta la caída de la tarde. Yo sé que guardarás el vino añejo en vasos eternos.

La paz se extiende de horizonte a horizonte como un arcoíris. Mientras tanto gozaremos juntos, amado, a través de todas las estaciones hasta la caída de la tarde. Yo sé que guardarás el vino añejo en vasos eternos.

Mi amado Señor, átame con una guirnalda de flores; atráeme irresistiblemente como un poderoso imán; despliega tu potencia infinitamente amorosa sobre mis mundos; embriágame con una repentina locura de amor.

Me consumo de ansias de que llegue ese momento en que la muerte se detenga a mi puerta.

Entonces me cobijaré en tu seno florido y dormiré para siempre. Pero si quieres, Amado, que todavía permanezca de pie sobre el mundo, hago mías las palabras del salmista: “Dios mío, me instruiste desde mi juventud y hasta hoy relato tus maravillas. Ahora, en la vejez y en las canas no me abandones, Dios mío, hasta que describa tu brazo a la nueva generación. Tus proezas y victorias excelsas, las hazañas que realizaste Dios mío, ¿quién como Tú?” Salmo 71″

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